jueves, 18 de mayo de 2017

En la mitología germánica se describe la existencia de ninfas que habitan en los ecosistemas de agua dulce, en ríos, fuentes, estanques, manantiales, pozos, arroyos y lagos. Su equivalente en la mitología grecolatina son las náyades. Las ninfas teutonas son mujeres-pez sin cola, que tienen el cuerpo cubierto de escamas azuladas o verdosas, de tonos marinos. Sus manos y sus pies son palmeados, una adaptación que les facilita su desplazamiento acuático, pero que no les impide que pueden caminar y respirar fuera del agua.


Su papel dentro del folclore no está del todo esclarecido, se nos representan como criaturas traviesas sin una intención perfectamente definida en relación al bien y al mal. Sus diabluras van desde un inocente chapuzón en un río hasta hacer zozobrar una embarcación de pescadores.
La maldición de Ondina

Las leyendas arias nos cuentan que estos seres estaban laureados con la inmortalidad, un privilegio que se perdía en el instante en el que la ninfa diese a luz un vástago fruto de su unión con un mortal.

Pues bien, uno de los mitos germánicos narra la existencia de Ondina, una ninfa de una belleza sobrecogedora que se prendó de un apuesto caballero llamado sir Lawrence, con el que acabó desposándose. El día en el que se celebraron las nupcias el mortal le prometió: «que cada aliento que de mientras estoy despierto sea mi compromiso de amor y fidelidad hacia ti».


Pasado un año de matrimonio la ninfa alumbró una bella criatura. A partir de ese momento, en cumplimiento de las leyes que regían el destino de las ninfas, su perpetuidad se vio truncada y, con ella, la belleza de la que hacía gala. Sus sinuosas curvas se evaporaron y en su rostro comenzaron a aparecer sendas arrugas.

Cierto día, mientras la ninfa paseaba entre las mieses, cerca de los establos, sorprendió a sir Lawrence durmiendo en el regazo de otra mujer. Ondina se apresuró a despertarle y maldecir su existencia: «me juraste fidelidad por cada aliento que dieras mientras estuvieses despierto y acepté tu promesa. Así sea. Mientras te mantengas despierto podrás respirar, pero si alguna vez llegas a dormirte, morirás». Sir Lawrence estaba condenado a mantenerse despierto, algo que resultaba a todas luces imposible. El mortal no tardó en ceder al agotamiento y quedarse dormido, no despertando jamás. La maldición de Ondina se había cumplido.


Una enfermedad rara

Lejos de ser una bonita leyenda, la maldición de Ondina existe en los tratados de Medicina Interna, se trata de una enfermedad rara que recibe el pomposo nombre de «hipoventilación central primaria». Se estima que esta patología afecta en Estados Unidos a, aproximadamente, 1 de cada 10.000-15.000 nacimientos.

La maldición de Ondina se caracteriza, a grandes rasgos, por la existencia de un control anormal de los sensores cerebrales que regulan la ventilación pulmonar, en ausencia de una enfermedad evidenciable. Esta anomalía se debe a un trastorno genético causado por una mutación en un gen localizado en el cromosoma 4.

Respirar es un reflejo automático, natural e innato, ninguno de nosotros tenemos que preocuparnos por recordar que tenemos que respirar. Esto se debe a que en nuestro cerebro disponemos de unos sensores que se activan cuando el nivel de oxígeno en nuestra sangre es bajo. Pues bien, en los pacientes que tienen la maldición de Ondina este mecanismo fisiológico no funciona de forma correcta.


Se trata de una enfermedad crónica que puede manifestarse en cualquier momento de la vida. En cuanto a su gravedad, afortunadamente, no todos los pacientes se mueren cuando se duermen, debido a que existe un amplio abanico. En las formas más leves los pacientes tienen un sueño poco reparador, debido al déficit de oxígeno en sangre; mientras que en las formas más graves es preciso que los pacientes duerman con un aparato de presión positiva, una forma de soporte ventilatorio mecánico que se aplica a través de una mascarilla, y que les facilita la ventilación pulmonar mientras duermen.

martes, 16 de mayo de 2017

J’ba Fofi

Pronunciado “ch ba fuu fii” de acuerdo con la entonación española, el término significa literalmente “araña gigante” en el idioma nativo de la región. Hace referencia a una especie de tarántulas particularmente grandes cuya envergadura, de acuerdo con la leyenda, está entre metro y medio y dos metros de extremo a extremo de las patas.

Dichas arañas son capaces, gracias a su inmenso tamaño, de cazar a todo tipo de animales, desde lagartos y aves hasta leopardos, antílopes, monos y cocodrilos, pasando, según el testimonio de varias tribus y algunos misioneros, por seres humanos.

J’ba Fofi se a visto los bosque que rodean el Lago Nyasa
Las redes de la araña recorren la selva en dirección a una especie de “trampa subterránea” tan conocida en estos animales, que consta con una especie de “tapa” que puede abrirse y cerrarse desde adentro, encerrando a la desprevenida víctima con el monstruo. De acuerdo con los testimonios, el veneno del animal es particularmente potente y puede acabar en minutos (horas, como máximo) con la vida de una persona.

Avistamientos de la criatura

Tamaño de la J’ba Fofi
Se reconocen dos avistamientos importantes de la supuesta araña gigante del Congo: uno en 1890 y un en 1938. Desde entonces todo lo que tenemos es una serie de relatos inconexos, leyendas regionales y avistamientos por parte de misioneros y nativos que suelen ser confusos.

El primer avistamiento, en 1890, fue realizado por un Gentleman inglés llamado Arthur Simes, quien se encontraba explorando las costas del Lago Nyasa en la actual Uganda en ese año.

Varios de sus hombres comenzaron a enredarse en unas redes pegajosas que estaban adheridas al suelo y no pasó mucho tiempo cuando 2 arañas de más de un metro de envergadura salieron de la densa selva y los picaron.

Simes fue capaz de asustarlas usando su arma (aunque según dijo, no logró herir ninguna), pero sus hombres entraron en un fuerte delirio y murieron a los pocos minutos sin que él pudiera hacer nada para evitarlo.

Reginald y Margurite Lloyd
El segundo caso, en 1938, ocurrió cuando una pareja de colonos de Rhodesia, Reginald y Margurite Lloyd, que se encontraban explorando las regiones del entonces llamado Congo Belga se encontraron con una criatura extraña en el camino.

Originalmente pensaron que era un felino y detuvieron su vehículo para dejarla pasar, pero pronto notaron que eso no era ningún felino.

Se cuenta que la araña cruzó demasiado rápido para poder fotografiarla, y la Señora Llyod quedaría tan impresionada con la experiencia que le exigiría de inmediato a su marido el volver a su nativa Rhodesia.

¿Podría existir una de estas criaturas?

Aunque no lo parezca, lo que sabemos del mundo animal indica con vehemencia que una araña de estas dimensiones titánicas difícilmente podría existir. Las razones son fundamentalmente 2: el sistema respiratorio y el problema del exoesqueleto.

En primer lugar, están los pulmones. Las arañas que conocemos no tienen pulmones como los de los mamíferos o las aves, sino unas estructuras llamadas “pulmones en libro” que absorben el oxígeno disponible de manera menos eficiente.

Aunque esto no es un problema para una araña pequeña, al alcanzar el tamaño de un gato pequeño esto ya se convierte en un serio problema pues requiere una altísima cantidad de oxígeno en la atmósfera. En el Carbonífero, la edad de los gigantescos bosques, las arañas apenas si superaban el tamaño de un perro mediano hoy día.

El problema del exoesqueleto tiene que ver con el tamaño: a medida que crece una araña requeriría un exoesqueleto más y más resistente (es decir, más grueso), y el aumento del esqueleto sería desmedido con respecto al tamaño total de la araña. Esta es la principal razón por la que no existen artrópodos terrestres gigantes: en el caso de los cangrejos, el famoso cangrejo cocotero se calcula como el más grande que podría existir.

cangrejo cocotero
La evolución puede ser capaz de solucionar estos problemas. Ya sea desarrollando un sistema respiratorio que aproveche a plena capacidad los “pulmones en libro” y creando una estructura más resistente a partir de otras proteínas, teóricamente una araña así podría existir.

Pero hay una gran diferencia entre decir que podría existir y decir que verdaderamente existe: de ser real sería un animal sin ningún tipo de pariente cercano.

Si queremos creer en los avistamientos, esta es la única hipótesis viable. Un pariente cercano de las arañas de gran antigüedad: el único descendiente de su raza y que maneja una biología que nos es desconocida. Sería un verdadero fósil viviente de las selvas del Congo, que lleva oculto millones de años del resto del mundo.

Suena bien, pero hasta que no tengamos pruebas fehacientes, lamentablemente la ciencia se opone a la existencia de la mítica araña gigante.

martes, 9 de mayo de 2017

A mis Abuelos



Lo lamento por aquellos que esperaban una entrada sobre misterio y leyendas, después de tiempo seria lo propio. Pero a veces acontecen cosas en la vida, que te empujan a realizar este tipo de actos. No se trata de publicitar la pena de una persona, si no servir a modo de recordatorio para el futuro, para que no olvidar unas lecciones en la vida, que solo las puede dar el momento.

En el día de hoy he perdido a alguien importante, y es que ha partido hacia el otro lado mi abuelo materno. Hace tiempo ya lo hizo el paterno, y con él se llevó muchos recuerdos, risas y lágrimas. En el día de hoy le ha toca a otro extraordinario hombre, que a pesar de su fallos, lleva una lección de vida de la que nunca aprendí lo suficiente. Es algo de lo que me lamentare, hasta el momento que me toque a mí iniciar viaje.

Ahora solo quedan recuerdos, recuerdos que fueron de risa tiempo a atrás, y que a día de hoy, por las circunstancias, solo provocan dolor. Pero es en esas memorias donde está el verdadero aprendizaje que estos hombres me dieron. Y por eso la entrada en este blog, para que queden en  mi archivo como un conocimiento más, que el ajetreo de los días venideros no borren estos pensamientos de aprendizaje, pues son lecciones que atesorar.

Inocencia propia de un niño


Mi abuelo paterno era un hombre tradiciones antiguas, de los que nadie podía sentarse en su asiento sin su permiso, de los que salían a trabajar por el día y volvían de noche, un patriarca de libro. Recuerdo su gran mostacho, pero sobre todo, su sonrisa a la cual le faltaba algún diente.
Si intento traer un recuerdo de él a mi mente, siempre acude el mismo. 

No tendría ni 8 años cuando mis padres decidieron que viajáramos a Toledo. Por aquella época, mi mente de niño estaba bombardeada por una imagen menos cultural. Los anuncios donde te vendían a bombo y platillo juguete + hamburguesa.

 Estábamos a punto de volver a nuestra casa, después de un cansado día de recorrer calles y monumentos, cuando allí estaba el oasis que mi infantilmente había construido. Insistí e insistí, llore, patalee y me queje como solo un infante puede hacerlo, pero solo recibí la negativa de parte de mis padres. 

Pero mi abuelo era distinto, y no lo dudo un momento, me cogió de la mano y como un explorador que se adentra en algo nuevo, entro en el local y pidió un menú infantil sin saber ni siquiera lo que era.

 Lo siguiente fueron risas y sonrisas al ver con que gusto me lo comía, y como un crio intentaba informarlo de lo maravilloso que era todo aquello. Una risas inocentes, llenas de amor y de la pureza propia de un anciano que había vuelto a ser niño de la mano de otro.

 Aún recuerdo, cuando el alzhéimer estaba a punto de llevárselo, como le susurraba al oído “Recuerdas el día de la hamburguesa abuelo” y él sonría tímidamente mientras asentía con la poca fuerza que le quedaba.

De ti aprendí que la tradición nunca debe estar reñida con las ganas y la inocencia de un niño por aprender cosas nuevas. He aprendido a ser feliz con poco. He aprendido a sorprenderme con lo que algunos considerarian una tonteria. A saber que un pequeño acto, que para alguien puede ser simple, para otra persona puede ser todo un mundo. Solo espero que llegado el momento, pueda sonreírle a mis nietos, con la misma pureza que lo hacías tú, y sentir la misma alegría ante los nuevos conocimientos que intenten darme.

Duro como una roca


Mi otro abuelo era distinto, un hombre de campo, cuadriculado en algunas ideas, llevando las palabras respeto y tradición hasta niveles propios de sus años de juventud. De esos que no se podía tocar la tele si él no te daba permiso, y no te lo daba. De los que los hombres no lloran, de los que hay que ser duro como las rocas, de los que las cosas nuevas son tonterías y absurdeces, de los que puede haber allí fuera que te interese tanto ver. 

Pero con el también hay un recuerdo, uno que no es el primero, pero que se impone por encima de todos ellos. 

Corrían los 90 y por aquella época mi fervor por los videojuegos era extremo, solo limitado por las escasas posibilidades de adquirir las últimas novedades por la región donde vivía. Pero se produjo una de esas paradojas del universo, y en una tienda de la localidad, vino a recaer unas copias del último juego que había salido. Recogí mis escuetos ahorros y me disponía a partir a comprarlo, cuando un acompañante me fue impuesto, mi abuelo. La distancia fue corta pero llena de reproches a gastarme el dinero en algo tan poco importante como un “cacho de plástico”.

Una vez entre en la tienda, la decepción me acompaño, pues el comerciante se negó a vendérmelo por cuestiones de reserva. Entonces, la actitud de mi abuelo cambio, y paso a ser un luchador mano a mano por algo que a él le parecía absurdo. No consigo recordar que fue lo que le dijo exactamente, no sé qué cara le puso, pero tras una conversación de unos minutos, no solo me vendió el juego, me lo rebajó.

Una vez en la calle, le pregunto el porqué, mi abuelo no me miro, solo dejo escapar un “Si es importante para ti, no importa lo que yo piense, solo que a ti te hace feliz”. Contado así, parece que mi abuelo era marcial, duro, inamovible, pero lloro muchas veces, y por cosas que merecía la pena llorar.

De ti aprendí a mantenerme duro como una roca ante las adversidades del destino. Para, a la misma vez, servir de asidero para aquellos que no pueden mantenerse firmes ante los temporales de la vida. He aprendido a llorar por el dolor de lo importante, he aprendido a luchar por lo que me hace feliz apesar de lo que digan los demas...

He aprendido a sentirme orgulloso cuando me dicen -“Te pareces a tu abuelo”-.

A día de hoy os habéis ido los dos, me habéis dejado huérfano de conocimiento y con ganas de más de vuestras historias. Quiero volver a escucharte decirte aquello de “Dile a tu abuela que te fría un huevo”. Quiero verte reír cuando te explicaba cómo funcionaba la game boy. Quiero volver a montar en aquel viejo Seat 1500. Quiero que me llames para preguntarme si puedo pasarme a ver qué le pasa a la tele. Quiero verte de nuevo fumar aquellos enormes puros. Quiero ver tu sonrisa de nuevo ante las carantoñas de tu bisnieta…

Solo me queda el dolor de mis recuerdos y el deseo de que estéis bien allí donde habéis ido. Nos veremos algún día, eso sin duda, espero que llegado el momento os sintáis orgullosos de lo que aprendí y de lo que enseñe.

Os quiero Abuelos y os voy a echar mucho de menos.

martes, 4 de abril de 2017

Sanjūsangen-dō

Sanjūsangen-dō es un templo budista situado en el distrito de Higashiyama, para muchos, una de las zonas más bonitas que se pueden visitar en la fascinante Kioto. También es conocido oficialmente por el nombre de Rengeō-in (蓮華王院). Sanjūsangen-dō pertenece y es dirigido por el Myoho-in, parte de la escuela budista Tendaishū, una rama del budismo Mahāyāna fundada por Zhiyi en el siglo VI en el templo de Guoqing, situado en la cordillera del Tiantai.

El nombre literal del templo sería algo como: edificio con treinta y tres espacios, que hace referencia a los exactamente treinta y tres espacios que separan las columnas que mantienen el templo en pie.



Taira no Kiyomori, líder del poderoso clan Taira y uno de los primeros miembros de la clase guerrera samurái, completo el templo en 1164 bajo el servicio del emperador Go-Shirakawa, el 77º emperador de Japón que ascendió al trono tras la repentina muerte de su hermano, el emperador Konoe. Como es habitual en la mayoría de historias de los templos japoneses, este sufrió un incendio en 1249, tras el cual se reconstruyó, pero solamente el edificio principal. Este edificio, el principal del templo, se considera el edificio de madera más largo del país.

La deidad principal del templo es Sahasrabhuja-arya-avalokiteśvara, también conocida como de los mil brazos. Esta estatua, considerada un tesoro nacional japonés, fue realizada por el escultor del período Kamakura (1192–1333), Tankei, escultor de la escuela Kei, estudiante e hijo del maestro Unkei.

A ambos lados de la estatua se encuentran, en 10 filas y 50 columnas, 1000 estatuas de tamaño menor del Kannon de los mil brazos. Solo 124 estatuas son originales, pues el incendio de 1249 quemó el resto. Las 876 restantes fueron construidas en el siglo XIII. Las estatuas están hechas de ciprés japonés, una especie arbórea de la familia de las Cupresáceas, originaria del centro de Japón.




Aunque estas 1001 estatuas son las más conocidas, y el motivo por el cual el templo es famosos, no son las únicas que nos encontraremos en el recinto. Justo al pie de estas estatuas podemos encontrar otras 28 estatuillas de deidades guardianas, de las cuales las más importantes son: Raijin, dios de los truenos y rayos en la mitología japonesa, y Fujin, dios del viento y una de las deidades más antiguas de la creación.

Fujin y Raijin solían ser amigos y hermanos de Amaterasu, diosa del Sol, y controlaban los climas del universo. Por eso, casi siempre, ambos están representados juntos. Estas dos estatuas se encuentran respectivamente al comienzo y al final del edificio, y también son considerados tesoros nacionales de Japón.

Una de las ceremonias que se celebran en el templo, es el “Rito del Sauce” (Yanagi no okaji, 柳枝のお加持). Este evento se celebra en enero, y los fieles son tocados en la cabeza con una rama de sauce sagrado, con la finalidad de curar y prevenir los males de la cabeza. Además, un célebre torneo de tiro con arco llamado Tōshiya (通し矢), que se celebra desde el periodo Edo en el mismo lugar, también es un evento que destaca en la historia de este fabuloso templo.




jueves, 2 de marzo de 2017

La espada de San Pablo

Una reliquia perdida, por dos veces buscada y jamás hallada. Reproducida y una vez más extraviada. La narración popular siempre mezcla hechos reales y fabulados, pero pocas veces existen tantas certezas como las que rodean a lo que sería la historia de un objeto muy particular, vinculado desde antiguo a Toledo y conocido a lo largo de los años indistintamente como ‘la espada de San Pablo’ o ‘el cuchillo de Nerón’.

La denominación no es baladí. El arma en cuestión llegó a Toledo con la atribución de que con ella se había degollado al apóstol San Pablo, una muerte que la historia atribuye al emperador romano Nerón.La antigua tradición cristiana testifica que la muerte de San Pablo tuvo lugar en Roma entre el año 67 y el 68 después de Cristo. Su martirio se narra por primera vez en los ‘Hechos de Pablo’, escritos hacia finales del siglo II, los cuales señalan que el emperador Nerón lo condenó a muerte por decapitación. Era ciudadano romano y no podía ser crucificado. La sentencia se cumplió en el acto.

La imaginería se encargó años más tarde de recrear el martirio, incluyendo el arma que segó su vida: una espada.
Pero, ¿cómo llegó ese arma a la ciudad? La figura que presuntamente se encarga de traerla directamente desde Roma tampoco tiene desperdicio.Se trata del cardenal Egidio Álvarez de Albornoz y Luna, más conocido como Gil de Albornoz, que fuera arzobispo de Toledo entre 1338 y 1350 y cuyo sepulcro ocupa un lugar destacado en el centro de la capilla de San Ildefonso de la Catedral Primada.

Gil de Albornoz
Gil de Albornoz, fundador del Colegio de Bolonia, trajo a Toledo la presunta espada con la que fue degollado San Pablo directamente desde Roma como un regalo del Papa Urbano V. El Santo Padre número 200 mantenía una estrecha relación con Albornoz, no en vano éste había renunciado a la tiara propiciando así su elección.

Las armas eran un elemento cotidiano para un hombre como Albornoz. Con 28 años, antes de ser nombrado arzobispo de Toledo, ocupaba el cargo de arcediano de la Orden de Calatrava. Su faceta de militar y religioso lo llevó a combatir en la cruzada europea en Algeciras contra los benimerines del Reino de Fez, y, sin duda, su experiencia militar fue determinante para que Clemente VI le diera el mando del ejército papal en 1350.

Viajó desde Aviñón, sede francesa del papado, con la misión de recuperar los Estados Pontificios. No fracasó, y su figura fue determinante en la configuración del actual Vaticano. Gil de Albornoz murió el 24 de agosto de 1367 en Viterbo, y en 1371 se decidió el traslado de sus restos hasta Toledo en un cortejo por Italia, Francia y España en el que hasta el propio rey Enrique II de Castilla se encargó de portar el féretro.

En su testamento, rubricado bajo la denominación de «Canciller de Castilla y Caudillo de Italia», y en el que se detallan sus posesiones y las donaciones que hace tanto a Toledo como a Cuenca (de donde era oriundo), no figura referencia a la espada de San Pablo, por lo que es complicado datar cuándo llega ésta a Toledo.

El historiador Antonio Martín Gamero, en su libro ‘Los Cigarrales de Toledo’ (página 71), hace referencia a Albornoz como poseedor del cuchillo hasta que lo dona al convento de la Sisla. Lo denomina «preciosa reliquia» que regaló a la Catedral con otras muchas cosas que trajo de Roma.

Urbano V
Si se tiene como correcta la referencia de que Urbano V regala la espada, teniendo en cuenta que su papado duró de 1362 a 1370, y que Albornoz muere en 1367, estaríamos hablando de que el cuchillo de Nerón llegaría a Toledo en algún momento entre 1362 y 1367. Además, hay que tener en cuenta que el convento de la Sisla se funda en 1384, por lo que no se pudo cerrar la donación en vida.

Sea como fuere, lo cierto es que la reliquia terminó en manos de los monjes jerónimos de La Sisla, y desde entonces queda datado, tanto por el historiador Martín Gamero, como por Sixto Parro (‘Toledo en la mano’, tomo II, Página 13), como por Rodrigo Amador de los Ríos (‘Una excursión a las ruinas de la Sisla’, 1910), que el cuchillo era venerado por los fieles el 25 de febrero de cada año, día del apóstol San Matías, permitiéndoles besar la reliquia.

La espada estuvo en La Sisla hasta la Guerra de la Independencia, cuando se traslada por seguridad al convento de las Jerónimas de San Pablo «para que no fuera robada por los franceses», pero finalmente retorna en 1814. Permanece allí seis años más, y en 1820, debido a la expulsión de los monjes jerónimos de La Sisla por la desamortización, la madre abadesa de las Jerónimas de San Pablo escribió una carta al entonces arzobispo de Toledo, Luis María de Borbón y Vallabriga, con fecha 25 de octubre de 1820, solicitando el cuchillo de San Pablo. Fue entregado finalmente a ellas por el padre prior Fray Francisco Moreno de Guadalupe.

Allí permaneció el cuchillo hasta la Guerra Civil, momento en el que desaparece de las páginas de la historia... para pasar a los periódicos.

Se busca. El 3 de enero de 1950 el diario El Alcázar titulaba en portada: «Se busca el cuchillo con el que fue degollado San Pablo». El periodista Luis Moreno Nieto fue el encargado de recoger tan inusual acontecimiento, haciendo referencia levemente a que el cuchillo fue traído a Toledo por Gil de Albornoz y pasando posteriormente a detallar lo que ocurrió con la reliquia durante la Guerra Civil en lo que es hasta la fecha la creencia aceptada de lo sucedido.

Al llegar las tropas republicanas a la ciudad, con el Alcázar sublevado y atrincherados allí militares y Guardias Civiles, lo primero que hicieron fue tomar los conventos de la ciudad para usarlos como cuarteles. Se arrestó a las monjas, pero la historia de lo que le pasó al cuchillo llegó en boca de una de ellas a la que, «anciana e impedida», se le dejó permanecer en el convento.

El artículo del diario El Alcázar narra cómo esa monja contó que el demandadero del convento arrojó la espada, junto a una escopeta vieja que guardaba, al pozo del patio del convento antes de que llegaran las tropas republicanas. Ahí se perdió el rastro de la reliquia.

Pero, ¿quién decidió buscar en 1950 un cuchillo que prácticamente había sido olvidado por la guerra? Pues alguien que lo tenía muy presente desde antes de 1936. La orden de iniciar tan peculiar búsqueda partió del propio General Franco. Desde que en 1907 entró como cadete en la Academia de Infantería de Toledo quedó fascinado por la historia de la espada y, según relatos de las propias monjas jerónimas, solía acudir a venerar el cuchillo, que hasta 1936 se expuso en la iglesia abierta al culto del propio convento.

Papa Pío XII
Iniciar la búsqueda en 1950 tenía también la intención, según se recoge en la prensa de la época, de recuperar la reliquia para poder regalársela al Papa Pío XII para celebrar el recién instaurado Año Santo y, de paso, limar las asperezas entre España y el Vaticano que por entonces negociaban la firma de un nuevo Concordato. La búsqueda de la espada fue un acontecimiento en la ciudad. Los bomberos llegaron a descender al pozo del convento para encontrar la reliquia, buscaron por todos los tejados y se tiraron varios tabiques sin éxito. No había rastro del arma. La obsesión de Franco por el cuchillo de San Pablo le persiguió durante años. Luis Moreno Nieto, en su libro, ‘Franco y Toledo’, narra como el general solía contar la historia de la reliquia a cada uno de los seis gobernadores civiles que nombró en vida para la provincia.

Es conocida la fijación de Franco con otra reliquia, ‘la mano milagrosa de Santa Teresa’,  un guante de plata con dedos engalanados por piedras preciosas que guardaba en su interior restos incorruptos de la santa, así como que en su lecho de muerte pidió que le trajeran el manto de la Virgen del Pilar para colocarlo a los pies de su cama.

Las interpretaciones ocultistas de su vítor, que apareció de la nada para celebrar su victoria militar y desapareció casi de igual forma; su animadversión a la masonería, a pesar de que dos de sus hermanos lo eran; o la simbólica arquitectura de su faraónica tumba en el Valle de los Caídos son otros elementos que refuerzan la idea de que Franco, al igual que otros dictadores de la primera mitad del siglo XX, tenía tendencias ocultistas que, en el caso español, enraizaban con el catolicismo.

Sin éxito en la búsqueda pasaron los años, y en 1967 se produjo lo que la prensa de la época catalogó como «un hallazgo providencial». En los archivos del Museo de Santa Cruz se encontró un pergamino, compuesto por dos hojas de vitela cosidas, en el que se dibujaba el cuchillo tanto en su anverso como su reverso.

El historiador Julio Porres consideró que el documento era obra de Francisco Xavier de Santiago Palomares y su hijo Dionisio, eruditos toledanos que en el siglo XVIII se dedicaron a catalogar armas y contrastes de maestros armeros toledanos.



Con este documento se reavivaron las ascuas de la búsqueda. De nuevo el Régimen Franquista inició una campaña en prensa para dar a conocer la historia y tratar de encontrar algún rastro. La televisión naciente también fue una buena herramienta para propagar la imagen del cuchillo por si alguien conocía su paradero. Todo fue en vano.

Finalmente, ante la falta de éxito pero con tan completa descripción, se optó por realizar «dos réplicas». Los artesanos de la Fábrica de Armas se encargaron de dar forma al objeto con las indicaciones del arma registradas en el pergamino de Santa Cruz. Un artículo de ABC narra cómo el 3 de diciembre de 1967 se hizo entrega a Franco de una de las réplicas en la finca ‘Castillo de Higares’, en Mocejón, de manos del gobernador civil Thomas de Carranza.

La espada fue entregada personalmente por el ingeniero jefe encargado de la Fábrica de Armas de Toledo en aquella época, Buenaventura Osset Rey. Horas antes de ser regalada a Franco se mostró la espada a las monjas jerónimas de San Pablo, que, según recoge la crónica del periódico, «debido a la calidad de la copia creyeron encontrarse ante la auténtica».
El 14 de junio de 1969 el cardenal primado de Toledo, Vicente Enrique y Tarancón, recibió como regalo de la Fábrica de Armas la otra réplica de la espada. Curioso regalo en común para una figura que protagonizaría duras disputas con Franco y que, a su muerte, se caracterizó por su talante conciliador durante la transición.

Se cerraba así la búsqueda del cuchillo de San Pablo, que ha permanecido oculta en la memoria de los que la vivieron. Y es que, ¿dónde están ahora mismo las dos réplicas de la espada? ¿Qué pasó con ellas a la muerte de Franco y el cardenal Tarancón? Otro misterio.
 
La última espada.

Patrimonio Nacional, organismo público dependiente de la Presidencia del Gobierno y responsable de los bienes de titularidad de Estado Español, ha confirmado que no tiene entre sus inventarios, tanto del palacio del Pardo en el que residió Franco, como de toda su red a lo largo del país, ningún objeto que se corresponda con la descripción de la espada. Eso sí, remitieron a la existencia del pergamino del siglo XVIII de Palomares entre los fondos del Museo de Santa Cruz.

Museo de Santa Cruz
La Fundación Francisco Franco tampoco tiene constancia del objeto, y un nieto del ingeniero jefe de la Fábrica de Armas Buenaventura Osset, Fernando Campoy, tampoco recuerda nada del día en el que su abuelo entregó la espada al dictador. El Museo de Santa Cruz tiene aún entre sus fondos el citado pergamino, y a su vez su dirección confirmó que pudo exhibir desde 1996 a 2010 una réplica de la espada, que llegó a ellos como cesión del Museo del Ejército y que luego devolvieron.

Germán Dueñas, conservador jefe del Departamento de Armas del Museo del Ejército, confirmó que el arma les llegó a través de «fondos de la Fábrica de Armas», a la vez que no descarta la hipótesis que se hicieran más de dos réplicas.

El Arzobispado de Toledo tampoco tiene constancia que entre el patrimonio que dejara Tarancón (no es habitual llevarse los regalos) se encuentre nada parecido al cuchillo de San Pablo, mientras que en el Arzobispado de Madrid, siguiente destino del cardenal, confirman que ni en los inventarios de la Catedral de la Almudena ni en el Palacio Episcopal consta ninguna espada o réplica que perteneciera a Tarancón. Una vez más, la historia se repite y los rastros de la reliquia, ya sea copia o no, se borran.

Convento de las Jerónimas de San Pablo
Por último, y puestos a ampliar la historia de la espada, es de especial interés el relato de la actual madre superiora del convento. La Madre Teresa cuenta con 86 años. Navarra de nacimiento, entró en el convento de las Jerónimas de San Pablo en 1947 y recuerda a la perfección la primera búsqueda de la espada, un relato que entona sin recibir por parte del redactor contaminaciones de la historia plasmada en la prensa de la época.

«Vinieron y nos dijeron que iban a buscar la espada, y que si la encontraban nos arreglarían el convento. Dejaron todo patas arriba, tiraron varios tabiques y se fueron dejando las cosas peor que estaban», recuerda como testigo presencial de la búsqueda de 1950. «Buscaron en la mina», aclara para referirse, no al pozo del patio del convento, como afirma la creencia general, sino a una especie de aljibe que abastece de agua al convento, «pero no lo encontraron».

Convento de las Jerónimas de San Pablo
Y es que, la madre Teresa tiene otra versión de los hechos que contradice la oficial, y que le llegó de boca de dos de sus hermanas, que eran novicias cuando estalló la guerra en 1936. «Los soldados entraron en el convento y cuando sacaban detenidas a las monjas uno de ellos, en la portería, tenía en su mano el cuchillo de San Pablo. Algunas le gritaron que lo soltara, que era una reliquia, pero él se limitó a decir que era un arma para intentar matarles y que lo iba a tirar. Después fusilaron en la misma portería al portero (demandadero) y a un sacerdote en una columna del patio».

Con testigos, sin pozo y sin la teoría de la ocultación por parte del difunto demandadero, el destino de la espada original sigue siendo un misterio. Guardada hoy en los fondos del Museo del Ejército, la única réplica conocida mantiene vivo su legado y es el recuerdo de un mito que, muy posiblemente, aún no ha escrito su última palabra.